Trajes fuera del tiempo

El mentor representante y presidente de Brioni tiene un costumbre. Cada verdad período necesita llevar la mano al cuello de su traje cortado en mohair procedente de cabras surafricanas. Levantarlo y acariciar el forro, siempre de cachemira, jamás de fieltro. En definitiva, asegurarse de que ese especificación, invisible para el residuo, continúa allí. Donde él lo quiso y así lo pidió a los maestros sastres que trabajan en la rúbrica que dirige, epítome de la distinción italiana. Los mismos que emplearon más de 40 horas en acabar el traje y 18 minutos de media en cada único de sus 12 ojales cosidos a mano; que colocaron una tira de goma en la cintura para fijar la camisa y un botón metálico en el dobladillo de los pantalones, y, al término, cosieron los bolsillos secretos, imperceptibles, pues siguen idéntica rumbo que la que dibuja el hilo.

«Nuestros clientes tienen un verdad ‘ADN’. No es sólo la ropa. Son sus lecturas o la almuerzo. Se emocionan al verse únicos. No diferentes»

Umberto Angeloni, frágil y distinguido como todo lo que, aparentemente, le rodea, no entiende otra manera de hacer su trabajo: «Mi tarea es ente uno en mi género, un testimonio vivo de la filosofía de Brioni», explica.

Estamos en el sótano de la nueva tienda que la huella, recién cumplidos los 60, ha abierto en Madrid (Claudio Coello, 28). La luz es leve y el silencio sólo se ve roto por el discurso parsimonioso de este romano de 63 años. En el sanctasanctórum de la sastrería más exclusiva del mundo, cualquiera familiarizado con el gusto de Pierce Brosnan, Kofi Annan o Clark Gable reconocerá los trajes clásicos, inconfundibles, de Brioni. Este varón -mitad negocios, medio ideas-, sin decomiso, ve tarjetas de visita de la huella por doquier. «Ésta es nuestra gesto de identidad», dice enmarcando con un seña la solapa de un traje azul marino. «El ojal».

Ese componente que permanece invariable desde el comienzo de esta historia. Es 1945, y, en París, Christian Dior está a calceta de revolucionar la moda con su new look. Mientras los sastres londinenses de Saville Row se duermen en los laureles, arrullados por 200 años de hegemonía, en Roma, Nazareno Fonticoli y Gaetano Savini inician la peripecia de Brioni al abrir una boutique que bautizan como una isla del océano Adriático. Fonticoli, el sastre de la pareja, formado en Penne, amateur a destripar creaciones británicas e investigar sus costuras. Y Savini, el varón de negocios, un genio en exportar sobre los cuerpos de Rock Hudson o Gary Cooper un reciente vestir varonil regido, según el novelista Jay Mc Inerney, por «una paleta de colores más brillantes, tejidos más ligeros y un patronaje menos restrictivo». Juntos, los protagonistas de lo que el Boston Herald denominó en 1955 y con desbocado emoción «el segundo renacimiento italiano».

Medio centuria después, Brioni cuenta 151 millones de euros y emplea a 2.000 trabajadores entre las nueve fábricas y 23 tiendas que tiene repartidas por el mundo. Trescientos de ellos, formados durante cinco años en la escuela Superior de Sastrería de Nazareno Fonticoli, representan fragmento de la élite sartorial del mundo. Aunque cuando Angeloni llegó a tomar las riendas en 1990, procedente de la banca universal, halló poco más que un fascinante herencia. «No era, desde luego, mi campo. Para hacer mi labor no hay que ente un sastre o un diseñador. Más bien, entender que vendemos satisfacción, esplender, postura. Un gusto de vida que tienes que comprender a la perfección». En 15 años, este vástago de un magistrado romano encargado de redactar la complexión del escenario de su infancia, Somalia, graduado en Económicas por la Universidad de Chicago, ha protagonizado el resurgir de la huella al multiplicar por 10 su cabida de ventas a costa de hombres que «no se fían de las modas» y, por descontado, disponen del dinero exacto (entre 2.000 y 4.000 euros) para un traje de Brioni. Se trata de una clientela nutrida por «los poderosos del mundo, que expresan a través de su manera de vestir su calceta de vista sólido, que no cambia al ritmo de las tendencias».

Pero Angeloni es tanto más que un exitoso gestor. Ejerce de diletante y bon vivant; dedica su período a escribir libros sobre la historia del ojal; a plasmar sus visiones acerca del wellness y el whisky de malta, o a recopilar sus poemas preferidos en un cabida que encuentran debajo la cojín los huéspedes que duermen en la suite Brioni del hotel Four Seasons de Milán (a 2.400 euros la noche, aproximadamente). «Nuestros clientes tienen un verdad ADN», aclara Angeloni. «No es sólo la ropa. Son sus lecturas, sus vacaciones o la almuerzo. No hallan alteración en mostrar su riqueza, su estatus. La alteración viene de en el interior. De verse únicos. Y digo únicos. No diferentes».

Es el universo Brioni, donde todo gira cernaía del traje, venerado hasta el calceta de que cada pieza se somete a 100 procesos manuales distintos, incluidos 40 planchados. «Buscamos algo fuera del tiempo», afirma Angeloni mientras observa el labor del sastre destinado a la tienda de Madrid. Por su dedal pasan prendas prêt-à-porter o chaquetas a dimensión. Para la sublimación de la individualidad, los bespokes, trajes cortados sobre el cuerpo, es esencial acudir a los talleres de Milán o Roma. Pasaportes a un club que forman 70.000 clientes y que llevan próximo de 40 horas de labor. «Como dice la historiadora de moda Anne Hollander, el traje es la evolución definitiva del vestir masculino», asevera Angeloni. «Es irrealizable de mejorar. No se ha conseguido en los últimos 200 años. Y ése es realmente el período que se toma en hacer un traje de Brioni. Dos siglos de perfeccionamiento y emisión de un saber».

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