Por qué bebemos vino

Días de tranquilidad en El Barrio de la Viña mcon período para volver a las (mis) tascas imprescindibles en Cádiz: El Adobo (Rosario), Antonio El escarbadientes (Virgen de la Palma), vivienda mantequilla (Corralón de los Carros), tasca La Manzanilla (Feduchy) y Café Prim (Mercado). De volver a Sanlúcar de Barrameda al Chiringuito de Leo (secreto, lo siento), Los Aparceros (Pozo Amarguillo), vivienda Perico (Salvador Gallardo), El Navarro (Menacho), La finca (Padre Félix) y La Peña Bética (Manuel Barbadillo). Mis lugares seguros.

Por qué bebemos vino

Días además para arañar preguntas mmás bien preguntas que respuestasm al Marco de Jerez; de patear viñedos, soleras y sombra. De escuchar a Eduardo Ojeda y seguir la pista de Álvaro Girón. De buscar tras el velo de flor y la humedad en viejas botas sanluqueñas, de volver al desembolso Miraflores (también Mahina y Las Cañas, pero Miraflores es único) ese viñedo legendario, blanco como la cal y la área de la luna que lo alumbra cada noche, un páramo blanquecino donde medra la palomino delicado que poco después acariciará las suelas de las botas. Miraflores, inexplicable en su albariza y ese subsuelo calcáreo al que se agarran las raíces de las vides en busca de la vida que le niega la calaña. Pero viven. Sobreviven.

Frente a la barra caoba de La tasca, alguien (no importa quién) insiste en la eterna pregunta: «¿Por qué esta ofuscación con el vino?». No contesto, ya no sé qué contestar. Dos amontillados, Pepe.

Vuelvo a la costumbre. A los folios en blanco, los compromisos, los hoteles y las colas de embarque. A las catas aburridas (a estas alturas, qué más dará la período visual y tanta pose estirada) los chefs soberbios y las entregas para ayer. A dejar de mirar sin prisa las acacias y tejas del cielo de la Gran calle y la tierra de la playa de Pinedo. A los supermercados sin alma y las listas de restaurantes a los que no irán tus hijos, a los platos para el museo y el aplauso de la platea; al despertador y el calendario. Es martes de un agosto más bien gris, llego a vivienda, abro una botella de manzanilla (La Guita en rama, 6ª criadera). Ahí está la contestación.

Todo eso mlo gris, lo enlatado, lo chabacano; todo, desaparece. La nariz se envuelve de Atlántico, salinidad, miel y acacias. De velo de flor y albariza, pero además de debajo de Guía y la salida del Guadalquivir, de la vía de La Palma y el paseo hasta la playa de la Caleta. Los chicharrones del mantequilla y las ortiguillas de vivienda Tino. De los baches, las noches y la sombra. En la copa, un vino mpero además la asociación directa (inmediata: boom) con las calles, las caras y las botas que lo han visto nacer. Crecer. Este vino es aquello, y aquello es este vino. No hay otro camino. Y jamás lo hubo.

* Puede que además te interese…

– 19 razones por las que Cádiz es la mejor (y más civilizada) metrópoli del mundo

– 15 paraísos en la Costa de la Luz: las mejores playas de Cádiz

– 22 razones para beber vino

– Sobre vinos y mujeres

– Los viñedos más bonitos del mundo

– Todos los artículos de Jesús Terrés

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201434/ibrindemos_6291_630x.jpg ¡Salud!

D.R.

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Buscar en el Blog
Destinos más buscados