La última diálogo de Gerard Mortier

La defunción le rondaba y Gerard Mortier lo sabía. No se engañaba. Al menos así me lo hizo saber. No rehuyó ninguna pregunta, al menos todas las que durante una hora me permitió que le hiciera hasta que el agotamiento empezó a velar sus ojos de un azul del norte perlándose de gris. Era un varón de gestos parcos, distinguido y contenido, con esa combinación de austeridad jesuita a la hora de exigirse una postura ante la vida y sus desplantes y puritanismo belga. Una aleación. No cambió de postura en todo el período, no descruzó las piernas, no tocó el té que le habían descuidado sobre la mesa del salón de la confortable vivienda de unos amigos franceses en la vía Alfonso XII, un balcón prodigioso sobre el entonces leñoso del Retiro, un océano de invierno, latente: un grabado de la defunción de la calaña que era, realmente, una premonición. Miraba fijamente a los ojos de su interlocutor, si bien desde la sombra, que dejaba los suyos en sombra: el cielo y la flora de enero estaban a su espalda, como el ciclorama de un teatro que hubieran escogido Mortier y Messiaen para una ópera crepuscular.

Consiguió que la ópera volviera a prender con pasiónHablaba pausadamente, con un tempo reciente para él, como reconoció (tengo que acostumbrarme a esta lentitud. Es algo más complicado, pero es además un deporte, una género de aprendizaje, que la vida además se puede vivir así), marcado por la batuta de un director inexorable. lamentación las palabras en el trabajoso español que se había empeñado en aprender para entender este nación y sus fatigas desde la rumbo artística del Teatro imperial, donde consiguió que la ópera volviera a prender con efusión, y sus montajes controvertidos, contestados. Arte político. Solo hizo un seña cuando se refirió al amor: para señalarse con los dedos catálogo y anular de la mano derecha, huesuda, estilizada además por el cáncer de páncreas que entonces ya le carcomía, para señalarse los ojos, mientras hablaba de «Tristán e Isolda»: «El ojo es para mí la puerta, la ventana, del alma. Es a través de los ojos como entras en el alma del otro, y es corriente que el amor empiece precisamente en la mirada».Era 28 de enero y el frío de Madrid se encargaba de que fueras consciente de sus agujas. Sabía que no le quedaba tanto período, pero no hacía el reducido fanfarronada, ni de coraje ni de temor. Enjuto, vestido de sport, pero con cuidada distinción, con la sola concesión de unas pantuflas blancas de estar en vivienda, pero idénticas a las que balnearios y grandes hoteles han instituido como fragmento de su atuendo para servir de paréntesis entre el mundo y sus paredes, confesó que había sellado su vivienda de Madrid porque, entre la enfermedad y su nueva requisito de «asesor artístico del Real», ya no la necesitaba.

Hubo dos momentos emocionantes en una charla que transcurrió plácidamente, sin la reducido interrupción. (Era un sexto apartamento, pero los cristales dobles de los grandes ventanales sobre el parque céntrico de Madrid hacían del tráfico un rumor afable, como si Madrid se hubiera convertido en Amberes). Cuando le pregunté cómo se encontraba: «Yo pienso que el cuerpo es un grupo de átomos, pero tiene además una fragmento espiritual. Yo creo que el aura, el carisma, es algo que único tiene o no, que somos algo más que carne. Al mismo período pienso que la defunción es el desenlace, pero tus átomos continúan de alguna forma viviendo, mucho si tu cuerpo es cremado como si es enterrado».

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