?¿Jubilarme? No sé qué significa esa vocablo?

¿Bohemio o indigente? ¿Estrella por encima del bien y del mal o sencillamente dejado? Tiene las uñas negruzcas, la chaqueta de cuero raída y el aspecto algo desaseado. Pero ese que está colgado de su portátil en el hotel Four Seasons de Los Ángeles, en completo corazón de Beverly Hills, es Al Pacino. Así que de indigente, nada. Estrella innegable, una de las mejores de su progenie, único de los pocos actores con mayúsculas que van quedando junto a Robert De Niro, Dustin Hoffman y, quizá, Robert Redford. Bohemio siempre, y más ahora, con esos pelos que parecen no haber visto un peine en años y que con toda certeza intentan encubrir la calvicie que conlleva el marcha de toda una vida, un ulterior tentativa de conservar el viento de juventud desenfadada que sus 72 años dejaron detrás. Los dos libros que alberga en sus bolsillos, convertidos en alforjas de una erudición de la que no se separa, además contribuyen a su viento desmadejado. Los dos volúmenes, el Otelo de Shakespeare en el bolsillo derecho y la biografía de Edward G. Robinson en el izquierdo, están bien leídos. Su conversación resulta salpicada con citas de otros. Porque Pacino, este vástago del Bronx neoyorquino y de la posguerra universal, sobre todo es actor escondiendo su timidez en las palabras de otros. Allí encuentra su hospicio de una renombre que le ha perseguido a su pesar toda la vida. Porque único no puede interpretar El padrino, Tarde de perros, Serpico o Esencia de hembra y pasar desapercibido. Por eso, si existía algún viento de frialdad y descuido, desaparece con el abrazo y el par de besos con que saluda.

A Pacino no le gustan las entrevistas y suele evitarlas todo lo dable, pero hoy está juguetón. Le divierte mucho su ulterior labor, una película pequeña y casi emancipado titulada Stand up guys, que trae en su pecho el tatuaje grabado de su personaje, una cabeza de león que aflora debajo las eslabones con crucifijos. El actor tiene ganas de hablar, de confesar que ha vivido, y su ulterior labor es su mejor pretexto para echar la vista detrás a toda una vida.

PREGUNTA: ¿Por qué rompe ahora su usual silencio?

RESPUESTA: No me prodigo tanto en entrevistas, pero eso lo hace ahora más ameno . Me lo tomo como una novedad. Y por una vez no me importa. Me pareció que sería divertido, y en los tiempos que corren sé que Tipos legales es una película pequeña que se perdería sin mi sistencia. Así que aquí estoy. también, me gusta hablar. Pero, como mi tatuaje, nada es continuo.

P: ¿Qué tiene Tipos legales para devolverle al cine?

R: Dicen que algunos papeles son tu centro de gravedad, tu timón. A mí me resulta complicado de decir, porque se me ha olvidado todo lo que hice antes, pero estoy habituado a leer guiones y la compás de esta historia de tipos que han vivido, su validez, hace sencillo para un actor como yo enamorarse del labor.

Los años setenta fueron un renacimiento. Tuve la suerte de estar allí?

P: ¿Qué le mueve a aceptar un papel a estas alturas de su carrera?

R: La historia, el rodaje en Los Ángeles, que me permitía estar próximo de mis hijos pequeños; mi amistad con Fisher [Stevens, su director], una individuo muy especial que conocí como actor y sabe cómo dirigir aunque esta sea su primera película. Todo eso. Antes, mi única motivación era el guion. Ahora hay un pila de factores.

P: ¿Qué tuvo el decenio de los setenta que no exista ahora? ¿Fue mejor o es pura melancolía?

R: Yo además lo pienso. ¿Fueron obras maestras o somos unos sentimentales? Es sencillo pensar que lo pasado fue mejor, pero además es verdad que se dan momentos en los que confluyen factores que propician el nacimiento de algo reciente. Pero sí, el pasado siempre fue mejor, ¿no? Los setenta fueron un renacimiento, ocurrieron cosas que han acto correr ríos de tinta. Yo tuve la suerte de estar allí, de participar en un par de películas de esas que lo cambiaron todo. Lo que hacíamos en cine, dar una visión sociopolítica de nuestro mundo o como lo quieras llamar, hoy se hace en la televisión. O en la prensa. Pero nosotros estuvimos en el centro de lo que pasaba.

P: ¿Fue consciente del instante que vivía?

R: seguramente. memoria el rodaje de Tarde de perros. Todos sentimos que era el principio de algo. ¿Recuerda la escena del repartidor de pizza, el circo mediático que le rodea y cómo sale diciendo eso de ?soy una estrella?? memoria que en ese instante Sidney Lumet se me acercó y me dijo al oído: ?Se nos va de las manos. Esto se nos escapa?. Sí, lo veíamos mejor que nadie, la ansia de renombre, aunque fuera por un minuto, la invasión de los medios de declaración. Lo vimos con luminosidad porque lo estábamos viviendo.

El victoria de un chico de barrio’El padrino? y su ?ahijado?. El papel de Michael Corleone en la cinta dirigida por Francis Ford Coppola en 1972 marcó la carrera de un actor considerado como único de los grandes.

Alfredo James Pacino, Al Pacino, nació en Nueva York el 25 de abril de 1940. Se crio en el barrio del Bronx, en un lar partido. Fue mal estudiante y tuvo dificultades económicas. En 1966 puso los pies en el prestigioso Actors Studio de Lee Strasberg. El técnica le marcó, idéntico que a otros muchos actores de el decenio de los setenta del pasado centuria.

Teatro y cine, ida y giro. Al Pacino debutó en el teatro. Rodó su primer largometraje en1969, Yo, Natalie. Ha alternado escenarios y platós. Entre sus películas figuran Serpico (1973), Tarde de perros (1975) o Esencia de hembra (1992), que le valió el Oscar. Sobre las tablas ha representado piezas de Shakespeare como El comerciante de Venecia.

Amigos, partidas de póquer. Pacino asegura que su vacuna contra el ego han sido el teatro, el período y los amigos, con los que disfruta y juega a las cartas. Durante tanto período se sintió superado por la renombre, de la que huyó hasta que logró aceptarla.

P: Lumet le consiguió su primera aspiración al Oscar con Serpico, pero antes llegó El padrino. Le puso en el plano pese a que los estudios no confiaban en su labor, al revés que Francis Ford Coppola.

R: Como suelo decir, me gusta el peligro, pero no el suicidio. Por eso arriesgo con directores primerizos como Fisher. Le adoro, y me gusta jugármela con alguien reciente. Pero lo haría todo por alguien como Francis [Coppola], el más emancipado de todos los directores. Siempre lo fue y su corazón estuvo siempre ahí, a contracorriente. Lo malvado es que a la vez que es emancipado le gusta pintar grandes lienzos. Ese es su calceta fornido y su calceta flojo. Siempre piensa a lo vasto, y eso asusta. Es alguien por quien siento toda la admiración y con quien me gustaría trabajar más. Porque para mí, quien hace cine es el director. Es la figura más fundamental. Podrás contar con buenos actores, con un buen guion, pero al desenlace las que cuentan son las manos del director. Y a mí me gusta caer en las mejores.

P: Vuelve al teatro una y otra vez. ¿Qué le da un escenario que no acaba de encontrar en el cine?

R: Supongo que allí empecé. Me siento más voluntario, más próximo a ese entorno, y al desenlace me da un mayor satisfacción a la hora de expresarme. Es un poco más fatigado. Bueno, un poco suficiente, porque no es solo la sesión que interpretas. Estás en la cabo floja y te tiene la mente ocupada, la labor está contigo todo el día. El comerciante de Venecia fue agotador. Había rodado la película, lo interpreté en el programa teatral de Shakespeare en el Parque, en Nueva York, luego en Broadway. Fue una práctica muy larga que tuve que combinar con todas esas otras vidas que tengo como padre, director, actor [risas].

P: últimamente estuvo en Broadway con otra labor siempre regalo en su carrera, Glengarry Glen Ross.

R: Lo bueno de las grandes obras es que cada vez son diferentes, aunque yo además me asombré cuando dije que sí. Hice la película. Ahora la labor? personajes diferentes. Pero tampoco es tan anómalo, porque en los viejos tiempos los actores solían interpretar dos o tres personajes y los repetían una y otra vez a lo largo de sus carreras. Se hacían famosos por su interpretación de ese papel. Siempre me gustó la noción y es una de las grandes ventajas del teatro: cuanto más interpretas un papel, más fascinante lo haces. En Hollywood, el reloj siempre está en paso. jamás hay período.

P: Hablamos de dramas, pero Tipos legales tiene un verdad tono de farsa más próximo a ese filme que por término le dio el Oscar llamado Esencia de hembra.

R: Es chistoso que cite esa cinta, porque la noción es afín, personajes que tienen poco que perder y se dejan llevar por el instante, que quieren vivir la vida como es. Yo creo que soy una individuo divertida. Eso espero. Empecé como un cómico. Pero luego me atraparon los dramas. El labor en El padrino se impuso sobre cualquier otro papel de mi carrera, sobre la manera en que me vio el público o la industria desde entonces. Yo sigo pensando que soy alguien divertido. Mira a De Niro. En esta segunda época de su carrera se ha reinventado como un actor cómico. Es algo fabuloso y que pasa con poca asiduidad, pero es muy fascinante.

P: ¿Y la jubilación? ¿Alguna vez se le pasa por la cabeza? Hace años, después de Revolución, se distanció una período de Hollywood.

R: Esa película marcó un instante fascinante en mi vida. Había partido con alguien que amaba y me atrajo un filme que hablaba de supervivencia y con un director en el que creí, Hugh Hudson. ¡Y fue tal fracaso! No es que me retirara, pero sí es verdad que me dejó sin hacer cine durante cuatro años. Me sentí desilusionado con la industria. Pero era excesivo joven para la jubilación.

Vengo de la vía, del bronx. Mi infancia fue siempre una peripecia?

P: ¿Y ahora? ¿Qué mantiene viva la lumbre de la interpretación a los 72 años?

R: ¡Yo además me lo pregunto! Parafraseando a Oscar Wilde, cada vez que la noción se me pasa por la cabeza, me echo un momento hasta que se me pasa. Supongo que me encanta verme en el entorno que hace dable una buena interpretación. ¿Jubilarme? No sé ni lo que significa esa vocablo. ¿Retirarme? ¿A qué? Si un labor me interesa, ¿por qué no hacerlo? Aunque cada vez sean más difíciles de encontrar.

Pacino es único de los más claros exponentes de los actores del técnica. Lo suyo no es ni una faz bonita ni un juego de niños. Sin decomiso, su iniciación fue esa, una gracia de niño para escapar de un lar partido del que su padre se había marchado; para huir de una vivienda con demasiada personas, compartida con sus abuelos, su madre y algún otro hogareño, y como partida a un naturaleza tímido y solitario. Fue la película Días sin marca, de Billy Wilder, que vio un día en el cine con su madre, la que ganó su deferencia, y su copia de un Ray Milland ebrio, la que le consiguió un público y, años después, una carrera. Con el período, la interpretación además le consiguió una nueva familia donde maestros como Lee Strasberg, productores como Joe Papp o Marty Bregman, directores como Lumet o Coppola y genios como Marlon Brando se convirtieron en sus nuevos padres, especialmente Charles Laughton, actor y consejero a quien dice debérselo todo.

P: ¿Qué recuerda de su infancia, de Alfredo James antes de convertirse en Al Pacino?

R: Vengo de la vía, del Bronx, y mi infancia siempre fue una peripecia. Una combinación de Tom Sawyer, Huckleberry Finn y un gusto de vida salido de una novela de Dickens. Nos pasábamos el período persiguiéndonos por los tejados. En aquel entonces, el Bronx era el eden de los tejados, región virgen y una mezcolanza de idiomas y erudición. Debía de sentirme muy protegido de mí mismo porque saltábamos unas distancias considerables. Pero prefiero no hablar de mis recuerdos, porque esto parecerá el canapé de mi psicoanalista.

P: ¿El ego se pasa con los años?

R: Hay una gran desigualdad entre tener éxito y ente célebre. Hasta lo dice la Biblia. En ella no se afirma que el dinero sea la raíz de todos los males. Lo que dice la Biblia es que el amor al dinero es la raíz de todos los males. Hay una desigualdad. Yo jamás creí en la renombre. Al revés, hui de ella. Luego aprendí a aceptarla, un proceso que te lleva años. O que me llevó años, porque ahora es dispar de cuando empecé. Ahora la renombre es algo tolerable. La personas quiere ente famosa aunque sea por nada, algo que para mí es poner la carreta en frente del corcel. Pero en mi caso la renombre era una carga, una presión que no me dejaba sacar lo mejor de mí, liberar mi interpretación, porque tenía que responder a esa representación creada de mí que llevaba el nombre de Pacino.

P: Marlon Brando llegó a hablar en los mismos términos de su carrera, pero él jamás pareció superar la penumbra de su nombre. ¿Cuál fue su solución?

R: El período, el teatro, los amigos. Brando jamás volvió al teatro. Yo siempre he contado con personas a mi cernaía en la que puedo confiar. Siento esa cercanía. El teatro además, porque cuando trabajas en un escenario se desarrolla un unión que es más complicado de lograr en un rodaje. Y gracias a mi infancia, algo que me gustaría que tuvieran mis hijos, ese círculo de amistades de la vía que crecen contigo. Sin ellos hoy no estaría sentado en esta mesa. Sería ese habano cliché de drogas y alcohol que es tristemente imperial.

P: ¿Habla de alguien en característico?

R: De mi gran amigo Charlie Laughton, quien desgraciadamente se vio afectado de esclerosis variado y vivió los últimos años de su vida detenido. Le escribí todos los días y sigue en mi corazón. Francis [Coppola], a quien llamo siempre que estoy por su área para vernos. Sidney [Lumet]. Le amo. Teníamos una relación especial. Le vi poco antes de morir. Me senté con él y hablamos. Incluso mis compañeros de salida. O personas con la que podía haberme desposado y con la que ahora tengo buena amistad. ?No es amor el amor que cambia cuando un transformación encuentra o que se adapta a la alejamiento al distanciarse? [cita a Shakespeare]. Disfruto de la acompañamiento de mis amigos. único tiende a sentirse atraído por aquellos a los que ama, a disfrutar de la acompañamiento por su manera de ver las cosas. Son personas que te intriga, que te fascina por una u otra lógica y que forman así fragmento de tu vida.

El éxito es genial. lo malvado es que se junta con la renombre y se confunden?

P: ¿Ha leído la biografía de Diane Keaton, su expareja, Ahora y siempre?

R: Conozco el libro, pero no lo leí, diáfano? Me da objeción. Pero he oreja buenas cosas y que me deja en buen paraje. Siempre pensé que era una chica estupenda y esto lo confirma, ¿no? [se ríe]. Me gustan las biografías. Aquí llevo la de Edward G. Robinson, y además me estoy leyendo la de Richard Burton. Tuve el satisfacción de conocerle. Para mí fue alguien a quien admiré mucho como a Marlon Brando. Le vi en Camelot, ya mayor, y me dijo eso de que le gustaría quedar conmigo un día, que le diera mi teléfono. Y me puse tan agitado que en paraje de mi cifra le garabateé un autógrafo: ?Con afecto, Al Pacino?.

P: No ha dicho nada sobre el éxito.

R: El éxito es relativo, como todo. Bukowski decía que el dinero es asombroso, porque jamás lo ves, pero puedes pagar con él. Un prodigio. El éxito es genial. Lo malvado es que se junta con la renombre y se confunden. Pero, como decía Lawrence Olivier, ¿qué es lo mejor de la interpretación? La copa que me tomo cuando acaba la cometido.

P: ¿Se arrepiente de algo?

R: Me siento suertudo de cómo me ha ido. Soy un tipo con suerte que tiene que dar tanto las gracias, así que si volviera a nacer, lo volvería a hacer todo de reciente.

P: ¿Los años pesan?

R: varón, diáfano que pesan. Pero después del shock delantero, hace unos 20 años, te empiezas a acostumbrar, y ahora ya no significan nada. No le doy transcendencia. No me veo dispar por la forma en que hablo. ¿Tengo la potencia ? La tengo, y mientras la tenga todo está bien. Quizá me engañe. Es un asunto complejo, y más en este negocio. Hace siete años cargaba con mis hijos en los hombros. Ahora no podría hacerlo aunque tuvieran dos o tres años. Con mi hija mayor solía jugar a la pelota y lo que más me gustaba era correr a por ella. Ahora, cuando vamos al parque y juego con mis hijos, no dejo de preguntarme por qué los árboles van más lentos. ¿Qué les pasa a los árboles?

P: ¿Qué relación mantiene con Julie ahora que ella además se dedica al cine?

R: Mi hija hace sus películas y está muy bien. A veces me manda un guion para que le eche un ojeada o quiere oír mi opinión, pero por lo corriente vive su propia vida, y yo lo prefiero así. La apoyo en lo que quiera, y lo sabe, pero ella además lo prefiere así y tiene su propio círculo de amigos.

P: ¿Y esa otra hija que descubrió, hablando en significado figurado, en la figura de Jessica Chastain?

R: Hubiera estado ciego de no haberla contratado. Lo hice en el mismo momento en que la vi para Wilde Salome. No hice más que lo evidente, y cualquiera en mi situación habría pensado ídem, que es un milagro. Se lo dije a todo el que me quiso escuchar. Le di la hoja en la labor y lo posterior fue empezar a pasar imágenes suyas a un par de gente, dejar ver el filme a Terence Malick, y ahí está. Este es mi mundo y lo ulterior que quiero evitar es ente un diletante. A veces quizá no estoy tan al día como me gustaría, pero para bien o para mal yo miro el mundo con ojos de actor. Así es como confluencia la manera de expresarme.

P: ¿Ha pensado en escribir su biografía?

R: Mientras me pueda seguir expresando con mi labor, ¿para qué? Prefiero seguir contando así mis historias. Soy un tipo suertudo y no quiero estropear mi baile.

Buscar en el Blog
Destinos más buscados