Homenaje a Proust: Contra todo pronóstico

El embajador británico en París elogió a Marcel Proust haciendo ceremonia de ese verismo socarrón tan inglés, tan delicadamente puñetero: «Es el varón más importante que he familiar en mi vida. ¡Cena con el abrigo puesto!».

Cierto. El Proust crepuscular, que navegaba como un paquebote de otra periodo por los salones del Ritz o del gran hotel de la plaza Vendôme, debía de constituir una aparición impactante. Un dandi espectral emerge a marcha cansino, algo torpón. A las puertas del verano, se abriga todavía con su gabán forrado de cabello de nutria. El mismo abrigo que por las noches ejerce de última colcha en el lecho de latón de su apartamento de la rue Hamelin; allá, en la celebérrima habitación aislada por láminas de corcho, donde escribirá, contra todo pronóstico, único de los diez monumentos literarios de la humanidad. Chaleco cruzado. Bombín gris. Guantes. Bastón recubierto de piel de jabalí. Una rosa o una orquídea en el ojal.

El rostro asombra por su palidez clínica, con algún nota azulado. El bigote y el cabello son todavía muy negros y bizarros. Las mejillas denotan un afeitado chapucero, tal vez apresurado. La ojeada parece tierna, pero las ojeras oscuras alertan de la pésima salud y del valor del insomnio: pasa todas las noches en blanco, para escribir, para picotear retazos de vida revoloteando por los mejores salones de París y/o para apurar los secretos de su Sodoma privada. Un esnob que morirá pronto, con solo 51 años, reventado por el asma, por sus horarios extravagantes, por sus dietas imposibles. Días y días sobreviviendo solo a porrazo de leche cálido, fruta en compota y café. Veronal en demasía para buscar el sueño, ya al amanecer, y cafeína a jarras para espabilarse cuando despierta, a la batacazo de la tarde. Sabe que llega el desenlace. Escribe en liza contra el reloj biológico para intentar culminar la Recherche. Pero asume el gran despedida con su lánguido fair-play, con esa amabilidad corriente con que trataba todo y a todos: «La defunción es una inquilina inquieto, que ya viene a entablar relación conmigo». Marcel, un ente raro . además un genio.

Marcel Proust (París, 1871-1922) era vástago de Adrien Proust, tal vez el galeno más célebre de Francia, y de una judía alsaciana de familia acaudalada, a la que adoraba de un manera que lindaba lo morboso. El destino le regaló dos buenas cartas a le petit Marcel. Fue bendecido por una ingenio muy poderosa y jamás le faltó el dinero. Podría haber vivido holgadamente sin dar un vara al agua en su vida. Sus padres lo empujaron a zascandilear por las aulas de Derecho de La Sorbona y quisieron orientarlo a la carrera diplomática. Le sobraban cabeza y talante. Le faltaba deseo para entrar en la rueda. Contemplaba con gandulería y desazón el coñazo de las vidas estándar y los oficios reglados: «En mis momentos de máxima desesperación nunca he llegado a concebir algo tan horripilante como el bufete de un abogado».

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