Escondites en la balsa de Venecia

Foto: EUROPA PRESS
Por Cristina Pinilla

Escondites en la balsa de Venecia

Venecia es una metrópoli para perderse, para ocultarse entre sus cientos de puentes y miles de esquinas que dibujan un plano complicado con manera de pez. Sin decomiso, más allá del Puente Rialto y de la plaza de San Marcos existe otra Venecia llena además de escondites y de tesoros escondidos.

Es la metrópoli que la mayoría de los turistas no ven, pero en la que habitan los verdaderos venecianos, lejos del jaleo y el sonido, de los flashes de las cámaras y del trajín experimentado de la metrópoli escenario, de la metrópoli que jamás descansa y que cada día recibe al visitante.

Esa otra Venecia se esconde desde hace siglos en la balsa, poblada por decenas de islotes cuyos moradores ven pasar la vida con el cielo sobre las cabezas y el agua debajo los pies en un despacio discurrir, calmado, con viento de otras épocas.

Desde la Fundamenta Nuova se debe coger un vaporetto, que llevará al visitante hasta estos otros lugares, alejados y olvidados, pero que un día fueron importantes centros de negocios y de intercambio de culturas.

Es el caso de Mazzorbo, un pequeño islote a una media hora en barco desde la Serenísima, oculta tras Murano y la isla camposanto de San Michele. Un sereno paraje donde pasear y descubrir la iglesia de Santa Caterina, del centuria XIV, o los viñedos que desde hace siglos se empeñan en sobrevivir en este ambiente hostil y húmedo.

COLORIDA BURANO. Con sólo cruzar un puente, los vecinos de Mazzorbo pueden llegar a Burano –que no hay que confundir con la tanto más vasto Murano, famosa por su orfebrería de vidrio–, una isla de unos 7.000 habitantes con cierta afluencia de turistas, que se afanan por ver sus canales sin las apreturas y empujones de Venecia.

Sin decomiso, la isla tiene más que ofrecer al visitante. Desde la Iglesia de San Martín, que alberga una ‘Crucifixión’ de Tiepolo y cuya torre se inclina más y más con los años al ceder de los cimientos sobre los que está construida, al museo del encaje de hilo, una orfebrería muy apreciada en la área.

Pero el primordial encanto de Burano son, sin paraje a dudas, sus casas pintadas de mil colores, que se reflejan en el agua de los canales y en las vidrieras de los escaparates. Una isla que casi parece macana, construida para disfrute del varón, hasta que los graznidos de las gaviotas nos avisan de que llega la pesca a la lonja y que la vida cotidiana sigue aquí como en todas partes.

HEMINGWAY ELIGIÓ TORCELLO. Frente a las decenas de bares y restaurantes, y a las tiendas de souvenirs preparadas para recibir a los turistas en Burano, la isla de Torcello casi se antoja un paraje en el término de la balsa, donde retirarse para acercarse a la calaña, meditar y encontrarse a único mismo.

Eso debió de pensar el escritor yanqui Ernest Hemingway, quien se refugió en un pequeño hotel de la isla al finalizar la II conflicto universal para escribir su novela ‘Al otro costado del río y entre los árboles’.

Sin decomiso, esta isla, insuficiente ahora de canales como sus vecinas por culpa de las enfermedades, cuya desbandada obligó a drenar la mayor fragmento de los terrenos, llegó a superar los 20.000 habitantes –hoy apenas viven aquí dos docenas de personas– y es la isla habitada por mayor periodo continuado de toda la balsa.

En ella se oculta una joya que rememora el magnífico pasado de este paraje, la Catedral de Santa María Asunta, de principios del primer milenio, una edificación bizantina que en nada desmerece a la propia San Marcos, exceptuando quizás por su dimensión, tanto más sencillo. Sus paredes están recubiertas de mosaicos dorados representando a la Virgen, a Jesús y, en el fondo de el pabellón, un sobrecogedor sensatez desenlace.

Junto a la catedral se levanta la tanto más modesta Iglesia de Santa Fosca, de cruz griega y cúpula casi plana. Y en frente, otro de los mitos de la isla de Torcello, el trono de Atila quien, según la epopeya, habría forzado a los antiguos moradores de la costa peninsular a huir hasta las islas en ámbito de la balsa.

El canal que guía al visitante desde el muelle hasta el diminuto centro de esta isla, hoy casi despoblada, sólo está cruzado por un puente, el del Diablo, cuyo nombre podría venir de una antigua familia de Torcello y que es, junto con la pasarela Chiodo del barrio de Cannaregio, el uno de gusto originalmente veneciano de toda la balsa.

Desde Torcello aún se puede seguir recorriendo las aguas grises e inmóviles de la balsa, entre los postes que marcan los caminos y el volar de las gaviotas. Sant’Erasmo, Vignole o Lido, todas en la misma área de la balsa, esconden otros secretos por descubrir, otras historias para ente contadas.

Son razones para pasar más de dos días en Venecia, lugares donde escapar del jaleo del centro histórico y para imaginar cómo ha sido durante siglos el discurrir despacio de la vida en esta metrópoli flotante.

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Buscar en el Blog
Destinos más buscados