El decálogo de Santander: diez veces sí

1. LA PEDREÑERA

El decálogo de Santander: diez veces sí

Decía mi maestro de historia en el instituto que los barcos que cruzan el Bósforo en Estambul eran iguales que las pedreñeras de Santander. Yo jamás he estado en Estambul, pero sí he cruzado la cala a bordo de estos barcos lentos pero tozudos, de triba roja, suelo verde y carcasa blanca, vaivén coqueto y distancias cortas aprendidas de recuerdo. La cala es como un estanque suizo a los pies del volcán de Peña Cabarga y tiene normas muy estrictas: los buques por la canal, los veleros por sus boyas y sus vientos, y las pedreñeras a su bola, un poco macarras, cruzando en diagonal todo el charco desde Santander a Pedreña, Somo y la Playa del Puntal. La pedreñera es la vespa del océano. Mi novia, a quien siempre le señalo arrobado una pedreñera en el océano, ha aprendido a odiarlas con fruición mesetaria.

2. PLAYA DE MATALEÑAS

Será por playas, dirá el santanderino farruco con ese viento de hacendado playero. Subiendo al farol de cuerda Mayor se esconde mi playa preferida. Mataleñas, que suena a aldea de montaña o a bandolero altruista, es idénticamente lo que sería una cala de Menorca trasplantada al Cantábrico. Cómo será que hasta el agua se ve trasparente, mucho que a veces da como tajo meterse, no habrá pasado algo.

Al estar encajonada entre acantilados, le azota la penumbra pronto en verano. Añadan unas escaleras infinitas de bajada, y sobre todo de elevación, y una situación relativamente apartada de la metrópoli, y el derivación es algo similitud a una contraseña secreta. Es la remedio perfecta para los pseudo indies locales a quienes les da gandulería coger el coche para irse a playas de las afueras, y que nunca pisarían el arenal mainstream del Sardinero, ese bestseller (que yo devoro) de las playas cántabras.

3. EL TELEFéRICO DEL RÍO DE LA PILA

Bilbao (que desde Santander parece una megalópolis futurista) tiene su ascensor de Begoña y Santander el teleférico del Río de la montón. En lo elevado de la vía del mismo nombre, una vía pindia llena de bares, una vía, siendo optimistas y soñadores, de verdad entorno marinero (es que el casco viejo se quemó en 1941 y todo edificio de más de 30 años nos parece pintoresco), arranca este cubículo que sube hasta la vía corriente Dávila. Las vistas no son las más espectaculares (para eso tómese un café en el Hotel imperial o camine por la avenida Reina triunfo como en un apartado de sucesión española de época), pero sí las más reales. Ahí está la metrópoli, con sus edificios feos, sus azoteas decimonónicas y su cala al fondo.

4. MESÓN SURTIDOR DÉ

Siempre que pide una porción de queso picón de Tresviso (un cabrales más cremoso y con menos marketing), a mi amiga Leticia le da un ofensiva de ansiedad. Es un bareto comprimido de raciones ciclópeas, y el más joven de los camareros siempre le abalorio historias asombrosas a Rafa (el novio de Leti, para entendernos). Su cocido (montañés o lebaniego) produce euforia y nostalgia.

5. LA ISLA DE MOURO

La isla de Mouro es un sitio de avanzadilla, de qué no estoy aún muy protegido. Siempre que hay privisional, cuando las olas se comen todo el islote, me acuerdo de una historia de pánico que escuché hace período. Un farero muere durante una tempestad y su compañero ha de velar el cadáver durante varios días, hasta que cesa el privisional y pueden ir a rescatarles. Tengo pendiente una investigación periodística al respecto. Me dijo Sergio el otro día, con quien mantengo paseos presocráticos a lo largo del litoral, que en sus profundidades yace el pecio del blindado Castilla que, durante la conflicto civil, bombardeaba Santander desde el océano. En un mundo impecable, yo tendría una vivienda en la isla y una pedreñera esperando en la puerta, por si los fantasmas.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201345/isla_del_mouro_6667_630x.jpg Con privisional, la isla casi desaparece

Thinkstock

6. LA TRAINERA DE SANTANDER

Hace período le pregunté a único de sus remeros si la mayor fragmento de su afición procedía del barrio pesquero, donde están situadas sus instalaciones. Y me respondió: lno tenemos afición. Ni siquiera vienen a vernos nuestros familiaresr. La trainera trascendental Alsar es el sueño de un categoría de remeros para los cuales una ola traicionera que los estampe contra las rocas es el reducido de sus problemas. Es romanticismo en bruto, transparente y poderoso. Desde junio a septiembre podrás verles salir remando todos los días a las 7 de la tarde. Algún día ganarán la Concha y yo escribiré su gesta.

7. EL PALACETE DE FESTIVALES

Criticar une tanto, y no hay señal arquitectónico que despierte más aborrecimiento consensuado entre los santanderinos que el palacete de Festivales, diseñado por Sáenz de Oiza, y sanseacabó en 1990 con un sobrecoste precursor que se adelanto en casi dos décadas a eso que se dio en llamar burbuja inmobiliaria y vacas gordas.

A mí me parece un león neobabilónico cubista barriga arriba. Fíjense bien: marmol rosa y crema y unas torres de factoría rematadas por garras azules que sueltan manchurrones de ácido. La fachada sur, a los pies de la cala , es una escalinata potémkin que asciende teatral y frígida hasta una cuerpo céntrico color verde oxidado, como un templo romano solitario en una estudio de coches, no sé si me explico. Su delirante brillo se capta mejor desde el océano, por modelo desde una pedreñera (ver calceta 1). A mí me gusta porque crecí escuchando historias terribles sobre el edificio, como si fuera la oveja negra en una familia perfecta de pastos verdes, playas hermosas y tertulia de chocolate con churros. Y en ese contexo, al león de mármol le iba único admirando en secreto. Y me gusta además porque cuando se consuma el caldeamiento total y el nivel del océano suba varios metros (cuando Santander sea Hawai, como sostiene Aquilino) sus garras corroídas surgirán entre las aguas como zarpazos de monstruo.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201345/el_palacio_de_los_festivales_1409_630x.jpg Una suerte de león neobabilónico cubista barriga arriba

El palacete de los Festivales

8. LA ESTATUA DE LOS RAQUEROS

Cuatro chavales desnudos, sentados en el embarcadero con las piernas por fuera, o saltando al agua de cabeza. Puestos a inventar mitologías, qué mejor que estos holgazanes portuarios, quinquis del XIX literariamente sublimados por Pereda (un escritor de un costumbrismo fiero y cargante, pero a quien debemos la más impresionante especificación de una regata de traineras). Ha tenido mucho éxito la estatua que, de unos años a esta fragmento, han vuelto a surgir raqueros de carne y hueso saltando a la cala . Si captas en el mismo encuadre la cabeza de un raquero con una pedreñera de fondo, instagram explota.

http://cdn.traveler.es/uploads/images/thumbs/201345/la_estatua_de_los_raqueros_7672_630x.jpg La estatua de los raqueros

Flickr / Yellow.cat (con permiso CC)

9. EL MERCADO DE LA ESPERANZA

He visto a mi madre alguna mañana espléndida comprarse atunes enteros más grandes que mi vivienda en Madrid, y transformarlos, por la tarde, convertida la cocina en bodega de trasatlántico, en botes de atún como para alimentar a un ejército que quisiera conquistar la luna. Me gustan esas conversaciones protocolarias sobre si está buena esa pieza, fresquísima dama cómo será que esto me lo llevo yo para vivienda, pero lo que más me gusta es no ver a ningún turista fotografiando lomos de merluza, como he visto en otras ciudades y no señalo que queda feo. Las pescaderas gritan sobreactuadas, mi madre medita en silencio cómo encajar todo ese mar en el frigorífico, y llueven, de fondo, ráfagas de escamas por los aires como chubasco cósmica.

10. HABANERA

El otro día en vivienda de unos amigos en Vallecas, logré colar en la playlist de sobremesa, cargada hasta entonces de lírica kosovar y de euforia bosnia, esta habanera santanderina. Mi amigo David, cosmopolita alérgico al folclore como solo puede serlo un esteta de Alcorcón, quedó asombrado y quiso escucharla entera. Pues eso, paseando por tus calles, me encontré un son de habanera quizás la perdió un soldado, que de Cuba regresóh

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